Hay viajes que se cuentan por playas y otros que se cuentan por plazas. Este es de los segundos. Una línea que arranca en el corazón del altiplano y termina con los pies en el Pacífico, pasando por algunos de los pueblos coloniales más bonitos del país. No es una ruta de prisa. Es de las que se saborean despacio, con sobremesa larga y mercado de por medio.
El arranque: Ciudad de México y Cholula
Antes de tomar carretera, vale la pena dedicarle un par de días a la capital. El Zócalo se levanta sobre Tenochtitlan, y a unos pasos el Templo Mayor sigue saliendo a la luz bajo el centro histórico. Cruza a Coyoacán por la tarde: la Casa Azul de Frida concentra su obra y su vida en un patio pintado de cobalto. Y antes de salir rumbo al Bajío, detente en Cholula. Su pirámide es la más grande del mundo en volumen, camuflada bajo una colina con una iglesia encima. Si el cielo coopera, el Popocatépetl te despide al fondo.
Querétaro y San Miguel: el Bajío que enamora
Querétaro recibe con su acueducto: 74 arcos de piedra rosa que, según cuentan, un marqués mandó construir por una monja. El centro es Patrimonio de la Humanidad y la ciudad presume de las calles más limpias y la mejor calidad de vida del país. Cena en el mercado de la Cruz, donde las enchiladas queretanas cuestan casi nada.
A una hora está San Miguel de Allende, con su Parroquia de agujas rosas que un albañil autodidacta rediseñó copiando una postal de Colonia. Más de 150 galerías, calles empedradas color coral y la Fábrica La Aurora, una textilera de 1902 vuelta centro cultural. San Miguel es para perderse a pie y subir al mirador El Chorro al caer la tarde.

Guanajuato: la ciudad de los túneles
Pocos lugares en México sorprenden tanto al llegar. Guanajuato está encajada en un barranco y su tránsito corre por túneles bajo tierra, en antiguos cauces de río. Arriba, las casas se apilan pintadas de naranja, azul y amarillo. Busca el Callejón del Beso, apenas 68 centímetros entre balcón y balcón, y sube al Pípila para la foto que todos conocen. Por la noche, súmate a una callejoneada: estudiantes vestidos de época cantan baladas mientras te llevan por los callejones contando leyendas.
Morelia y Pátzcuaro: cantera rosa y lago
Morelia se construyó entera en cantera rosa. Su catedral, sus 253 arcos de acueducto iluminados de noche y la calle de los dulces de leche quemada justifican el alto. A una hora espera Pátzcuaro, pueblo mágico junto a un lago que los purépechas tenían por puerta del inframundo. Cruza en lancha a Janitzio y compra artesanía de verdad en la Casa de los Once Patios: lacas, cobre martillado, bordados.

Guadalajara y Tequila: mariachi y agave
Guadalajara se siente grande y orgullosa. El Hospicio Cabañas guarda los murales de Orozco, con El Hombre de Fuego bajo la cúpula. En Tlaquepaque se compra vidrio soplado y talavera, y en el San Juan de Dios, el mercado techado más grande de América Latina, se prueba la torta ahogada y la birria. A 65 kilómetros, Tequila se levanta entre campos de agave azul declarados Patrimonio de la Humanidad. Una destilería pequeña enseña más que la grande, te lo aseguro.
El final frente al mar: Sayulita y Puerto Vallarta
La ruta baja hacia la costa y cambia de ritmo. Sayulita, pueblo mágico de cinco mil habitantes, conserva el aire de los años setenta: tabla de surf, galerías de arte huichol y atardeceres que duran. Si la sientes muy movida, San Pancho está a siete kilómetros y aún más tranquilo.
El cierre es Puerto Vallarta. Camina su Malecón, mil trescientos metros sin coches, salpicado de esculturas de bronce frente a la bahía de Banderas. Piérdete en la Zona Romántica, de calles empedradas y casas blancas con teja roja, y cena pescado zarandeado donde comen los locales. Para la última puesta de sol, la Playa Los Muertos no falla.
Cómo armar la ruta sin perder el hilo
Doce días dan para hacerla con calma, durmiendo dos noches en los lugares que lo merecen. Si quieres el trazado etapa por etapa, con tiempos de manejo y qué ver en cada parada, puedes seguir esta ruta por los pueblos coloniales de México y adaptarla a tus fechas. Lo demás es dejarse llevar: una plaza, un mercado, una sobremesa, y otra vez carretera.










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