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La tumba del Gran Pakal de Palenque

La tumba del Gran Pakal de Palenque

Cerca del municipio mexicano de Palenque encontramos una de las zonas arqueológicas más importantes en relación con el patrimonio mesoamericano, un espacio rico en vestigios materiales que se alza majestuoso en el corazón de una selva tropical. El área, que atrae por su secretismo y su misterio inherente, nos ofrece un gran número de elementos tangibles que guardan relación con el pueblo maya. Esta civilización dispone de características altamente interesantes que vale la pena analizar, muchas de ellas guardan relación con su cosmogonía o estratificación social. Los mayas también realizaban diversas actividades avanzadas a su tiempo, como es el caso del juego de pelota. Una actividad que recuerda vagamente al fútbol actual, con atribuciones legendarias como el caso de Hunahpú e Xbalanqué. Los jugadores también se preparan psicológicamente antes de los choques, analizando los movimientos de sus rivales, intentando así adelantarse a sus movimientos. Un acto de psicoanálisis que nos recuerda vagamente a otras actividades que requieren de gran capacidad intelectual, como es el caso del ajedrez o los gestos y movimientos relacionados con los naipes. En el yacimiento de Palenque encontramos muchos de estos elementos, pero destacan sobre todo algunas de sus creaciones arquitectónicas, como es el caso del Templo de la Cruz, el Palacio o El Templo de las inscripciones. Es en este último donde en 1952 el arqueólogo Alberto Ruz Lhuillier descubrió uno de los monumentos funerarios más importantes de la historia de la región: la tumba del Gran Pakal.

Después de desplazarse por una escalinata, el equipo de arqueólogos encontró una cámara funeraria que contenía un sarcófago acompañado de un recubrimiento monolítico. Una pieza majestuosa acompañada de un gran número de grabados y representaciones simbólicas. En el interior de la misma se encontraban los restos de Pakal II, junto con otros elementos relacionados con la cosmogonía maya: piezas de jade, una máscara mortuoria y varios objetos relacionados con su ajuar. La mayoría se encuentran actualmente en el Museo Nacional de Antropología de la ciudad de México. El cuerpo, en cambio, se encontraba cubierto de cinabrio, con un fuerte tono rojizo, color que era identificado con el oriente, espacio donde el sol se iba al final de cada mañana; símbolo de inmortalidad y poder. Varios estudios científicos han podido establecer que el rey vivió más de 55 años, y que sufrió algunas molestias físicas que mermaron su capacidad motora, como la artritis y la osteoporosis.

El sarcófago nos muestra una representación alegórica que nos invita a identificar al gobernante con la efigie del dios K’awiil. Su cuerpo es devorado por una serpiente, simbolizando así la entrada al más allá. Los grabados nos ayudan a comprender la visión del universo que tenían los mayas, representada en los tres mundos: el mundo celestial, es decir, el superior; el intermedio, conformado por los seres vivos; y el inferior, donde residente los muertos. La similitud entre las construcciones piramidales egipcias -obras que sí que eran destinadas a albergar restos mortuorios- y este nuevo espacio descubierto, fue un hecho que llamó potencialmente la atención de la comunidad historiográfica. El espacio original no se puede visitar debido a la prevención física del mismo, pero existe una reproducción de la tumba en el Museo de Sitio de Palenque, en Chiapas, donde podemos captar toda su majestuosidad original a escala 1:1.

Este hallazgo es especialmente espectacular, ya que es la única cambra funeraria mesoamericana que se ha localizado en el interior de un templo. Los mayas, por su idiosincrasia particular, nunca utilizaban este tipo de espacios para fines funerarios, y es aquí donde radica su importancia capital. El mausoleo donde fue encontrado, estaba conformado por una estancia de 4 metros de amplitud y 8 de largo, y el sarcófago tenía un peso total de 20 toneladas. Debido a su gran volumen, se cree que la cámara anexa fue construida después de depositar los restos del monarca. El cuerpo fue depositado el 28 de agosto del año 683 dC, y allí permaneció hasta el anteriormente citado 1952. El arqueólogo fue la primera persona que contemplaba este espacio en más de mil doscientos años, una experiencia vital absolutamente apasionante que cambió su vida para siempre.

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