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Le pidió matrimonio con el Zócalo como testigo

Desde que fue a la boda de su mejor amiga, Esther no podía dejar de pensar cómo sería la suya en caso de que mi amigo Enrique le pidiera matrimonio. Ya llevaban cinco años de noviazgo, y los dos eran los últimos solterones del grupo de amigos.

No era la presión de los comentarios de su familia, ni siquiera la edad: a sus 29 años se sentía realizada como profesionista y como mujer, así me lo confió Esther una tarde de verano, que comíamos en el Restaurante el Balcón del Zócalo, con un atardecer increíble que caía por el lado de la Catedral.

Esther y Enrique eran lo que se dice el uno para el otro: muy creativos y temperamentales. A los dos les gustaba el deporte extremo y viajar. En nuestro grupo de amigos somos cinco parejas; todos nos fuimos casando y sólo quedaron ellos, considerados además como la pareja más exitosa en sus profesiones; él como abogado y ella, como directora de una organización civil.

Ninguno de los amigos nos atrevíamos a preguntarles si tenían planes de casarse, pero esa tarde, Esther me lo confesó: quería a Enrique y solo esperaba el momento en que él se decidiera a pedirle matrimonio. Me lo dijo porque entre todos, yo soy su mejor amigo; nos conocemos desde que estábamos en quinto año de primaria.

No sentía pena por mi amiga, porque sabía que Enrique estaba perdidamente enamorado de ella, y Esther le correspondía además con mimos y cuidados, que lo hacían sentirse como un hombre muy afortunado.

Dos semanas después de que comí con Esther, Enrique llamó para invitarme a comer. En la charla, me pidió que le ayudara a organizar lo que llamó el “momento más importante de su vida”: le pediría matrimonio a Esther. Confieso que me dio mucha emoción, tanta como cuando le pedí a Sara casarse conmigo.

Así fue como Enrique me contó sus planes, y escogió el día en que formalizó con Esther su noviazgo. La única sugerencia que le hice fue que organizáramos este gran momento en el Restaurante el Balcón del Zócalo, pues sería un fabuloso escenario y además, a Esther le gustaba el lugar. Enrique aceptó de inmediato.

El día del suceso llegó y mi papel en el plan era invitar a Esther al Restaurante el Balcón del Zócalo para disfrutar una cata de té.

Esther estaba contenta. En algún momento de la charla, me levanté de la mesa para tomar una llamada, y ahí empezó la segunda parte del plan de Enrique. Un mesero le pidió que lo  acompañara a la Mesa del Chef, un espacio adaptado para eventos privados, donde yo la alcanzaría. Ahí, ella vio una mesa elegantemente preparada y tomó un lugar en una de las esquinas. El mesero le sirvió una copa de vino, cortesía de la casa.

Mientras esperaba, la pantalla del lugar se encendió y empezó a correr un video: un viaje de Ester y Enrique a lo largo de cinco años, que terminó cuando él entró al salón, la saludó, se sentó y le pidió al mesero que trajera el plato especial de la casa. Esther estaba emocionada con lo que había visto en el video, no pudo ni pronunciar una palabra cuando el mesero se acercó con una charola, y en ella traía una pequeña caja, que Enrique le dio a Esther: el anillo de compromiso y las palabras de Enrique pidiéndole matrimonio. Todos los amigos entramos e hicimos un gran barullo. Esther, llena de emoción, abrazando a Enrique, con el Zócalo capitalino como fondo, dieron por terminados cinco años de soltería.

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