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5 secretos histórico arqueológicos del Centro Histórico de la Ciudad de México

5 secretos histórico arqueológicos del Centro Histórico de la Ciudad de México

Las calles del Centro aún esconden “tesoros” que, en nuestro rápido andar o por no resultar tan obvios, pasamos de largo. Aquí te presentamos cinco ejemplos.

Para quienes gustamos de recorrer las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México, sorpresa es el todavía poder descubrir, a estas alturas del siglo XXI, verdaderos “tesoros” histórico-arqueológicos que, en nuestro rápido andar, o por no resultar tan obvios, muchas veces pasamos de largo. Aquí te presentamos cinco buenos ejemplos. ¡Conócelos y ve a su encuentro!

1. Restos de las escalinatas del Templo de Tezcatlipoca. A un costado del Palacio Nacional se encuentra la calle de Moneda, que durante el siglo XIX recibiera ese curioso nombre porque justo en su número 13 se encontraba la antigua Casa de Moneda, donde durante la época colonial, se acuñaba casi todo el metálico que circulaba en la Metrópoli y en la Nueva España.

Casi enfrente de ese histórico y elegante edificio (que hoy alberga al Museo de las Culturas) se encuentra el Ex Palacio del Arzobispado, bella construcción hoy convertida en un interesante museo de arte religioso colonial, propiedad de la SHCP. En el Patio Norte de esta institución (recientemente remodelada), en una esquina perfectamente conservada y señalada, se pueden admirar los restos de lo que fueran las grandes escalinatas originales que conducían a lo alto del Templo de Tezcatlipoca, una de las deidades más importantes del panteón mexica, y cuyo edificio se levantaba imponente a un costado del famoso Templo Mayor de los aztecas.

En ese mismo lugar, además de cerámica y otros objetos arqueológicos de pequeño formato, fue descubierto in situ, en 1988, “varios metros debajo de una fuente colonial”, el llamado Cuauhxicalli de Moctezuma. Este espectacular monolito de forma cilíndrica, después de haber sido rescatado y estudiado, fue enviado al Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México para convertirse en el último gran huésped de la Sala Mexica.

2. Cabeza de serpiente. En la esquina que actualmente conforman las calles de José María Pino Suárez y República de El Salvador, entre el mar de piernas de la gente que a diario transita por esa concurrida zona del Centro Histórico del Distrito Federal, pocos se han dado cuenta de que aún sobrevive “heroica y firme al paso del tiempo”, la espectacular cabeza de una serpiente finamente tallada en basalto durante la época mexica. La pieza, obviamente fue reutilizada como una especie de elemento decorativo para la construcción del elegante Palacio de los Condes de Calimaya durante la Colonia y hoy, luce orgullosa sus grandes fauces en una de las esquinas del actual Museo de la Ciudad.

El impacto que esta poderosa escultura indígena puede causar al espectador es tal, que muchos afirman que esa imagen “denota el triunfo de la arquitectura colonial sobre su antecedente prehispánica”, otros, prefieren asegurar que éste “es el mejor ejemplo de que mientras exista el mundo, la huella del arte escultórico mexica, plasmada en esa cabeza de serpiente, ni la Conquista ni la arquitectura de los tiempos modernos en el Centro Histórico de la Ciudad de México podrán borrar de los anales de la humanidad”.

3. Placa conmemorativa de la Piedra del Sol en la Catedral. Doscientos sesenta y nueve años después la caída de México-Tenochtitlán, un 13 de agosto, pero de 1790, fue descubierta a escasos metro y medio de profundidad, al estar cubriendo de nuevas lozas la plancha del actual Zócalo capitalino, una enorme escultura que, por su aspecto, parecía ser la imagen de un dios-demonio de la antigüedad. Se trataba ni más ni menos que de la Coatlicue monumental que hoy podemos apreciar en la Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México.

En aquel momento, en lugar de ser destruida (como hubiese sucedido si este hallazgo se hubiera hecho durante los primeros años de la Colonia), el virrey en turno, el segundo Conde de Revillagigedo, mandó que la “horrible pieza” se conservara y aceptó trasladarla a los patios de la Universidad Pontificia (antecedente de la actual Universidad Nacional Autónoma de México). En este recinto, un equipo de académicos se había ya comprometido a estudiar, registrar y custodiar la imagen de Coatlicue (es éste el primer intento por conservar una pieza, nace aquí pues, la historia del coleccionismo en México).

Pocos meses después, el 17 de diciembre, se halló, por la misma zona (casi en la esquina que hoy conforman el Palacio Nacional y los edificios dobles del Gobierno del DF), otro espectacular monumento de manufactura indígena. Se trataba de la maravillosa Piedra del Sol o Calendario Azteca que, de inmediato, llamó la atención de propios y extraños ¡hasta del mismo arzobispo de la ciudad!, quien la mandó pedir al Virrey para que la pieza luciera su magnífica traza y diseño en uno de los torreones de la recién levantada Catedral Metropolitana que, por aquellos años, continuaba construyéndose.

Así, desde finales de la Colonia y hasta casi finales del siglo XIX, la Piedra del Sol vio pasar la historia de la ciudad y de todo un país en la torre poniente de nuestra Catedral (viendo hacia las calles de Tacuba y 5 de Mayo) hasta que el presidente Porfirio Díaz, entendiendo que ésta era sin duda el monumento prehispánico de mayor simbolismo, pidió que se desempotrase y que desde entonces formara parte central en el discurso museográfico del entonces Museo Nacional. Una placa colocada en tiempos relativamente recientes en la torre Poniente de la Catedral Metropolitana da cuenta de los pasajes que aquí señalamos.

4. Placa restos de Hernán Cortés. Caminando nuevamente por la esquina que conforman las calles de Pino Suárez y República de El Salvador, en contra esquina con el Museo de la Ciudad, se puede distinguir la parte posterior de la Iglesia y Hospital de Jesús. Ésta fue una de las primeras instituciones mandadas fundar y levantar por el mismo capitán Hernán Cortés tras la guerra por la conquista de México.

El dato curioso o poco conocido de este lugar es que justo a un costado del Presbiterio (del lado izquierdo), en lo alto de una pared, se puede descubrir una placa metálica en la que se hace constatar que, durante una buena parte de la Colonia (lejos de los reflectores que logró acaparar Cortés por obvias razones), los restos del conquistador español descansaron en este lugar hasta que en los siglos XIX y XX, éstos fueron reclamados en el viejo continente siendo ya no tan exacta su ubicación actual.

5. Templo Ehécatl-Quetzalcóatl. Durante los trabajos para la construcción de la Línea 2 del Metro, entre 1968 y 1979, un equipo de arqueólogos trabajó afanosamente en la liberación de un extraño templo, de planta mixta (base cuadrada pero con un pequeño adoratorio superior de forma circular) de la época prehispánica. Tras su completo rescate y estudio, hoy sabemos que esta curiosa construcción, a la cual se puede acceder caminando por uno de los pasillos de la estación Pino Suárez, estuvo dedicada a una de las deidades más importantes del panteón mexica: Ehécatl-Quetzalcóatl, dios del viento.

El hallazgo de una figura de un mono (hembra, aparentemente embarazada) tallada en barro, animal asociado con esta deidad, y el dicho adoratorio de forma circular en lo alto del templo (que evoca el movimiento del viento antes de las lluvias) en pleno corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, así lo comprueban.

Hoy por hoy, esta pequeña "zona arqueológica" (la pirámide del metro o Templo de Ehécatl-Quetzalcóatl) es visitada “indirectamente” por más de 54 millones de personas al año, ¡cifra 21 veces superior a la registrada, durante ese mismo intervalo de tiempo, en sitios como la espectacular Teotihuacan, en el Estado de México!

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